Vale decir que el sueño que tuvo Sánchez
consistió en soñar que él estaba soñando
que estaba soñando que estaba soñando
que soñaba que soñaba que estaba soñando.
Leo Maslíah, "Balada del Pocho Fernández"
Una vez la heredé. Otra, estuve a punto de heredarla. Otra vez la descubrí detrás de la casa de mi abuela. Otra, quise comprarla.
No se puede describir, porque siempre es diferente. Una vez fue una casa medieval de piedra. Otra vez era una ruina sin techo. A veces es blanca. Siempre tuvo más habitaciones de las que yo esperaba, y cada nueva habitación que descubro me da alegría. Acá va esto, acá va aquello, me digo, planeando vivir en la casa.
No tengo la memoria de haberla visto sino en los sueños, pero sí tengo la certeza de haberla conocido, o de haber vivido en ella en una vida futura, o pasada, o simultánea, como dicen que lo es todo. De hecho, la conozco, porque muchas veces vi la casa.
Anoche no la vi, pero la sabía arriba y detrás de la mía. No tuvo gran protagonismo en todo lo que pasó: simplemente le sugerí a mi madre que la ofreciera por esa noche a dos mujeres que llegaron con una nena, pidiendo asilo. Las tres eran gitanas.
Las gitanas eran para mí una molestia, porque pretendían instalarse frente a mi pieza, y mi pieza no tenía puerta, y yo estaba con mi novio, y quería de una vez consumar el acto sexual, que por hache o por be no habíamos consumado nunca.
Las excusas para que no ocurriera eran todas suyas. Llegó a sugerir que lo de los espectros de las tías había sido una representación teatral de toda mi familia, que era numerosísima, para disuadirlo de nuestro noviazgo.
“¿Cómo se te ocurre que todo esto está preparado por mortales?”, le dije señalando al cenit con la mano abierta: la cúpula de mi casa estaba plagada por decenas de ángeles negros, muertes flacas que nos sobrevolaban en círculos.
Las muertes volantes aparecieron justo después de que hablaron las tres tías. No sé si eran mis tías, pero eran tías, acaso las de Alicia.
Y las tías aparecieron por mi culpa, porque se me ocurrió abrir una puertita de madera que nunca antes había sido abierta. La puertita rechinó como rechinan las puertas en las películas. Y alto, en la pared, empezó a crecer lo que parecía un capullo de flor, pujando desde dentro para sobresalir la superficie, que era una película de látex. Pero no era una flor, era la mano de una de las tías. Y después estiraron la pared de látex las caras y los bustos de las tres. Tías muertas desde hacía mucho tiempo. El látex, que les aplastaba los rasgos, era delgado y traslúcido, dejaba ver que las tías tenían los labios pintados. Mi familia retrocedió de miedo. No sé qué dijeron las tías, pero venían a quejarse.
Cuando aparecieron los ángeles negros salí de mi casa. Miré hacia el mar, y desde el mar se acercaba una tormenta. Las que primero creí que eran nubes, eran olas. Las había confundido con nubes porque eran altísimas y se levantaban desde todo el horizonte. Y, a pesar de que las olas eran oscuras, mucho más oscuros contrastaban los pájaros que venían hacia la orilla. Cuando se acercaron más, creí darme cuenta de que los pájaros eran toros. Pero volvía a equivocarme: eran gárgolas que venían al ataque.
Todos huíamos tierra adentro. Dos gárgolas me alcanzaron, me mordieron una oreja cada una, me arrastraron prometiéndome mucho dolor cuando me dejaran ciega.
Tironeando de mí y de las gárgolas, me salvaron mis tíos.
Después pasé mucho tiempo, años, abrazada a un árbol.
Tantos años que, cuando volví, me era muy difícil reconocer mi casa. Las tías, las gárgolas y los ángeles habían hecho refacciones espantosas.
Mientras trepaba un alambrado para entrar, le pregunté a mi hermano, que me esperaba adentro para ayudarme: “¿Adónde pusieron ahora mi pieza rosa?”
“Tu pieza ahora es verde”, me avisó mientras me daba la mano para bajar del alambrado. Tuve dudas de que fuera mi hermano. Me indicó el camino.
Se notaba que mi familia seguía esforzándose en el mantenimiento de la casa, porque en mi pieza había un hombre lustrando una escalera. Acaso la incompatibilidad de estéticas entre los invasores y mis familiares (la de los unos tétrica, la de los otros mersa) era lo que había hecho de mi casa ese adefesio.
Me acosté a dormir. Mientras dormía, un hombre que pretendía ser mi padre revelaba fotos de su cara y las tendía chorreando en un cordón frente a mi cama, para que cuando me despertase lo reconociera. Pero, que yo recordara, mi padre no había sido gordo, ni rubio, ni había usado anteojos redondos.
Cuando me desperté, me acordé de mi novio, y busqué en la pieza algún rastro, alguna prueba de que había existido y alguna vez había estado ahí. Por suerte, encontré y reconocí, muy envejecidas, unas figuritas que él había pintado.