perro que no me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.

(Miguel Hernández)

lunes 5 de mayo de 2008

Anoche estuve en Europa

Sólo hacia el final de esta historia, o de la noticia que tuve de esta historia, caí en la cuenta de que estábamos en Europa.

Era en casa de un boliviano de anteojos. Nuestro grupo la había copado. Parece que al principio había sido invitación suya. Pero, ya avanzada la madrugada, yo, que me había quedado leyendo en el comedor, salí al patio y lo encontré enojado. Apoyaba la espalda en una pared, y estaba tan sentado en el suelo, que se había achicado mucho y la cabeza le quedaba grande. Levantó la vista por encima de los anteojos, y me dijo que lo que estaba pasando ya pasaba de castaño oscuro. Mis compañeras estaban en las habitaciones superiores de la casa, que incluían el dormitorio del boliviano. El boliviano no había podido irse a dormir. Quién sabe qué hacían allá arriba, pero no estaban durmiendo.

Al amanecer, nos fuimos. Mucho trabajo me daba que me tomaran en cuenta para organizar el viaje, para compartir taxis. Pararon uno y subieron dos chicas. Corrí para alcanzarlo, pero no pude. Menos mal, porque ese taxi iba a algún lugar de Europa (ahí me di cuenta de que estábamos en Europa). Lo que yo tenía que hacer era sumarme al grupo que iba a Buenos Aires. ¿Cómo costearme el viaje sin compartirlo? Las chicas que iban a Buenos Aires seguían deliberando, sin verme.

Finalmente, la camioneta que iba a Buenos Aires llegó. El chofer les dijo a las chicas que se acomodaran atrás como pudieran. No tenia cúpula la camioneta. Yo trataba de treparme. El chofer gritaba desde la cabina. Ya sabía los nombres de las pasajeras, y era esa lista lo que estaba gritando, pero no me nombraba. Casi había conseguido treparme, estaba por gritarle mi nombre. Entonces alguien se dio cuenta de que faltaba la más chiquita.

Tres nombres tenía la más chiquita, pero no me acuerdo de ninguno. Salí a buscarla. Encontré al boliviano en una parada, esperando al colectivo para ir a trabajar. Le avisé que entraría de nuevo a su casa para buscar a alguien que habíamos perdido. Me miró con mala cara, pero yo seguí y busqué a la chiquita por todos lados, llamándola por uno de los nombres que sigo sin recordar. La encontré debajo de una estantería, en el galpón.

Salí a la calle con la chiquita en la mano. No sé si llegamos a alcanzar la camioneta. No sé si volví a Buenos Aires o estoy todavía en Europa con la chiquita en la mano.