Una tarde, debajo de un olivo amado que quizás próximamente se demuela, en una tumbona, una nena de unos nueve años hamacaba las piernas con nerviosismo y se miraba sin verlas las rodillas regadas de moretones merecidos trepando árboles. Mientras, pensaba, la muy boluda.
Precedieron a los sollozos unas lágrimas en silencio, y precedieron los sollozos a un llanto abierto, inconsolable, incontrolable. ¿Qué diablos se le había ocurrido por pensar? No me acuerdo cómo había llegado hasta ahí, pero me había dado cuenta de que nunca sería famosa. De ahí la angustia. ¿Eh? Sí, sí, ya sabemos que ser famoso es ser re-conocido, ¿sería eso?
Ahora, a los 43, asomada a esta Madamme Medusa que es la Internet, el ¡Expres Yourself! tan al alcance de tantos, de la nena también, la nena sigue pensando.
La pregunta es: ¿a quién le importa? Y, sobre todo, además de un negocio millonario, ¿quién carajo es Yourself?
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