Una de esas frases maravillosas, citables, hasta que te das cuenta de que no sirven: "Hay que darse la importancia justa". La oí de mi queridísimo Fá. Hay que... ¿qué hay? ¿Cómo?
Otra cosa que me dijo Fá: "Tenés que cultivar el desapego, Osi". (Él era el Osi y yo era la Osi.)
¡Qué fácil fue llegar a esta posición ¿nihilista?! ¡Y qué difícil salir! Y es culpa tuya que no pueda renunciar a salir. Tenía que compensar lo negro tuyo. Cuánto más optimista era yo en esa época, para compensar tu negrura, para sacudirme el elefante que tenía a cococho cuando me levantaba de la mesa de café en la que hablábamos. No renuncio, querido Fá, es demasiado daño para el alma y el cuerpo. Vos tampoco renunciaste. Te resignaste y te moriste, apegado a mí. Tanta ternura la tuya, Fá.
Fá fue mi amigo durante quince años. Nos presentó alguien que supuso que teníamos que conocernos. Primero creímos que íbamos a ser una pareja. Después fuimos mucho más: amigos, nada de pareja. Fue el ser más cercano que encontré en mi vida. Otros amigos creían que Fá estaba enamorado de mí. "Es que nadie podría entender nuestra relación", me decía Fá. Ni siquiera nosotros podíamos.
Guardo algunos aforismos que oí de este filósofo pesimista radical. Los cito con su nombre, no sé si son todos de su invención, pero los oí de él, y merecen ser suyos:
"¿Hay vida antes de la muerte?" (fue lo primero que me dijo en una llamada telefónica).
"El futuro no me importa, pero exijo un pasado mejor" (primero decía "merezco" en lugar de "exijo", me lo cambió contra mi voluntad, pero me veo obligada a respetar su verbo, él ya estaba enfermo de muerte, y me dijo que lo que más le preocupaba era que si se lo citare post mortem, la cita no fuere literal.)
"Aquí estoy, templándome en el bañomaría del tedio.", fue la respuesta a un inocente "¿cómo estás?" de mi parte.
_¿Qué es lo que querés, Osi, de ese chabón _ me preguntó una vez.
_Y... Osi, al menos, que me dé masita...
_Osi... ya estás grande. Coger es una boludez. Vos te confundís porque el sexo tiene buena prensa.
(¿Alguien sabe dónde está la raya de diálogo en estos teclados modernos?)
"Guarda, Osi, que en cualquier momento te llega el palazo", me dijo varias veces. Nunca supe qué era el palazo. Para él resultó haber sido el cáncer, según dijo.
Fá se escudaba en un amor fallido de veinte años antes. Fabiana. Todavía soñaba con ella: Ella se subía a un micro, él le preguntaba adónde iba, ella le decía que iba a Salsipuedes.
Fá sufría de ataques de pánico hasta que se enteró de que estaban de moda. En el tren atestado de pasajeros, Fá iba a trabajar. Se ponía en cuclillas en el pasillo del tren, abrazado a su portafolios. El pánico, la amenaza de no ser: morir allí, y que todos esos extraños tuvieran acceso al contenido de su portafolios: diccionario de la RAE, diccionario de dudas e incorrecciones del idioma, diccionario de María Moliner, de sinónimos, de inglés... Trabajaba de corrector de pruebas. ¡Qué contenido más secreto el de su portafolios!
Donde más tiempo trabajó como corrector fue en la revista "Todo es Historia", del viejo Luna. Fá odiaba a Luna. Hasta se atrevía a negarle el préstamo del diario, "Cómprese el suyo", le respondía. Luna finalmente lo echó. Al mismo tiempo, Luna se deshizo de mí.
Fá me había conseguido el laburo de componer (digitalizar) los textos de los viejos carcamanes colaboradores de la revista que todavía tipiaban en máquinas de escribir con los tipos sucios. Como el corrector confiaba en la escasez de errores en mi composición, y en la natural corrección gramatical que me salía, los textos corrían en la pantalla de su pecé frente a ningunos ojos, porque Fá miraba el techo. Entonces, para molestarlo, inventé este juego: Cuando le entregaba una nota compuesta, le avisaba cuántas trampas le había puesto. Las trampas eran, por ejemplo: Intercalar en el texto algunas frases imitando el estilo del autor, diciendo cualquier verdura. Como el texto completo era una sarta de boludeces, Fá se volvía loco leyéndolo y releyéndolo para encontrar mis trampas. A veces las trampas eran más peligrosas. "Qué aburrido que escribe este viejo choto", ponía yo en la nota. Fá estaba muy enojado: "Osi, dejate de joder, un día se nos va a escapar una y cagamos, nos rajan a la mierda y nos hacen un agujero". No se nos escapó ninguna. Igual nos rajaron.
Fá hablaba, medio en joda, de sus biógrafos. Me gustaría, pero no creo poder conseguir material para ser su biógrafa. De todas maneras, vaya para él este pequeño post como homenaje escrito.
Mi amiga Ceci dice que el amor es una catástrofe. Y que no tiene ninguna importancia si un ser amado está vivo o muerto.
Te quiero, Osi. Te extraño.
Otra cosa que me dijo Fá: "Tenés que cultivar el desapego, Osi". (Él era el Osi y yo era la Osi.)
¡Qué fácil fue llegar a esta posición ¿nihilista?! ¡Y qué difícil salir! Y es culpa tuya que no pueda renunciar a salir. Tenía que compensar lo negro tuyo. Cuánto más optimista era yo en esa época, para compensar tu negrura, para sacudirme el elefante que tenía a cococho cuando me levantaba de la mesa de café en la que hablábamos. No renuncio, querido Fá, es demasiado daño para el alma y el cuerpo. Vos tampoco renunciaste. Te resignaste y te moriste, apegado a mí. Tanta ternura la tuya, Fá.
Fá fue mi amigo durante quince años. Nos presentó alguien que supuso que teníamos que conocernos. Primero creímos que íbamos a ser una pareja. Después fuimos mucho más: amigos, nada de pareja. Fue el ser más cercano que encontré en mi vida. Otros amigos creían que Fá estaba enamorado de mí. "Es que nadie podría entender nuestra relación", me decía Fá. Ni siquiera nosotros podíamos.
Guardo algunos aforismos que oí de este filósofo pesimista radical. Los cito con su nombre, no sé si son todos de su invención, pero los oí de él, y merecen ser suyos:
"¿Hay vida antes de la muerte?" (fue lo primero que me dijo en una llamada telefónica).
"El futuro no me importa, pero exijo un pasado mejor" (primero decía "merezco" en lugar de "exijo", me lo cambió contra mi voluntad, pero me veo obligada a respetar su verbo, él ya estaba enfermo de muerte, y me dijo que lo que más le preocupaba era que si se lo citare post mortem, la cita no fuere literal.)
"Aquí estoy, templándome en el bañomaría del tedio.", fue la respuesta a un inocente "¿cómo estás?" de mi parte.
_¿Qué es lo que querés, Osi, de ese chabón _ me preguntó una vez.
_Y... Osi, al menos, que me dé masita...
_Osi... ya estás grande. Coger es una boludez. Vos te confundís porque el sexo tiene buena prensa.
(¿Alguien sabe dónde está la raya de diálogo en estos teclados modernos?)
"Guarda, Osi, que en cualquier momento te llega el palazo", me dijo varias veces. Nunca supe qué era el palazo. Para él resultó haber sido el cáncer, según dijo.
Fá se escudaba en un amor fallido de veinte años antes. Fabiana. Todavía soñaba con ella: Ella se subía a un micro, él le preguntaba adónde iba, ella le decía que iba a Salsipuedes.
Fá sufría de ataques de pánico hasta que se enteró de que estaban de moda. En el tren atestado de pasajeros, Fá iba a trabajar. Se ponía en cuclillas en el pasillo del tren, abrazado a su portafolios. El pánico, la amenaza de no ser: morir allí, y que todos esos extraños tuvieran acceso al contenido de su portafolios: diccionario de la RAE, diccionario de dudas e incorrecciones del idioma, diccionario de María Moliner, de sinónimos, de inglés... Trabajaba de corrector de pruebas. ¡Qué contenido más secreto el de su portafolios!
Donde más tiempo trabajó como corrector fue en la revista "Todo es Historia", del viejo Luna. Fá odiaba a Luna. Hasta se atrevía a negarle el préstamo del diario, "Cómprese el suyo", le respondía. Luna finalmente lo echó. Al mismo tiempo, Luna se deshizo de mí.
Fá me había conseguido el laburo de componer (digitalizar) los textos de los viejos carcamanes colaboradores de la revista que todavía tipiaban en máquinas de escribir con los tipos sucios. Como el corrector confiaba en la escasez de errores en mi composición, y en la natural corrección gramatical que me salía, los textos corrían en la pantalla de su pecé frente a ningunos ojos, porque Fá miraba el techo. Entonces, para molestarlo, inventé este juego: Cuando le entregaba una nota compuesta, le avisaba cuántas trampas le había puesto. Las trampas eran, por ejemplo: Intercalar en el texto algunas frases imitando el estilo del autor, diciendo cualquier verdura. Como el texto completo era una sarta de boludeces, Fá se volvía loco leyéndolo y releyéndolo para encontrar mis trampas. A veces las trampas eran más peligrosas. "Qué aburrido que escribe este viejo choto", ponía yo en la nota. Fá estaba muy enojado: "Osi, dejate de joder, un día se nos va a escapar una y cagamos, nos rajan a la mierda y nos hacen un agujero". No se nos escapó ninguna. Igual nos rajaron.
Fá hablaba, medio en joda, de sus biógrafos. Me gustaría, pero no creo poder conseguir material para ser su biógrafa. De todas maneras, vaya para él este pequeño post como homenaje escrito.
Mi amiga Ceci dice que el amor es una catástrofe. Y que no tiene ninguna importancia si un ser amado está vivo o muerto.
Te quiero, Osi. Te extraño.







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