Una noche de hace tantos veranos que no me quiero acordar, yo estaba con amigos en Las Toninas. En algún lugar, jugaba la Selección Nacional de Fútbol. Mis amigos se acomodaron en un café para ver el partido. A mí no me interesa el fútbol, así que caminé hasta la placita de artesanos.
Dadas las circunstancias futboleras, me asombró la cantidad de espectadores alrededor de un escenario improvisado en la plaza. En el escenario, con un micrófono, se afanaba un hombre grande, el traje lustroso por el uso, el pelo semilargo teñido de negro empastado de gomina, la piel oscura de la cara transpirada, los zapatos viejos. Estaba diciendo que trabajaba de artista callejero para darles de comer a ocho hijos. Acto seguido anunció su mejor número: hipnosis.
Me senté en el suelo, en primera fila con los más chicos. Yo ya era grande.
El hombre nos pidió que cerráramos los ojos y nos relajáramos, y empezó una cuenta regresiva. Me propuse satisfacer el pedido. Entonces el hombre vino a buscarme y me llevó de la mano al escenario. Yo entreabría los ojos para no tropezarme con los escalones.
Primero me acomodó de espaldas al público, y entonces abrí los ojos y quise decirle con la mirada que no estaba hipnotizada. La mirada de él, impertérrita, no me decía nada. O acaso un movimiento hacia adelante de las cejas tupidas y las chispas de los ojos quisieron ponerme en vereda.
Acaso por los ocho hijos, decidí que el papelón fuera para mí. Toqué un rock con una guitarra imaginaria, bailé un lento con una gorda fingiendo creer que ella era un hombre deseado, gateé babeando cuando se me dijo que era un bebé. Me animaban las carcajadas del público.
No contento con eso, el artista anunció: Y ahora... ¡levitación! ¡Madre mía!, pensé, acá sí que no voy a poder colaborar.
El hombre quiso que me pusiera horizontal apoyada entre dos sillas: la nuca y apenas los hombros en la una, los tobillos en la otra. Más o menos pude, imitando mentalmente la voz de Tu Sam: ¡Tdura, tdura, tdura!, me decía a mí misma, y hacía un esfuerzo sobrehumano para no caerme (mis músculos estaban entrenados, practicaba atletismo en esa época). El hipnotizador invitó a dos voluntarios, que deberían levantarme apenas con las puntas de los dedos índices. Uno terminó agarrándome de los tobillos, el otro, clavándome los dedos en las axilas, y mi culo fue a dar fuerte en el tablado.
Igual, el público aplaudió a rabiar. Total, ¿qué puede importarle a quien no le importa un partido de Argentina?
El hombre, entre reverencias, me hizo una seña para que bajara del escenario. ¡Pero omitió despertarme!
Desde entonces, ando así por la vida, hipnotizada, de papelón en papelón.
Dadas las circunstancias futboleras, me asombró la cantidad de espectadores alrededor de un escenario improvisado en la plaza. En el escenario, con un micrófono, se afanaba un hombre grande, el traje lustroso por el uso, el pelo semilargo teñido de negro empastado de gomina, la piel oscura de la cara transpirada, los zapatos viejos. Estaba diciendo que trabajaba de artista callejero para darles de comer a ocho hijos. Acto seguido anunció su mejor número: hipnosis.
Me senté en el suelo, en primera fila con los más chicos. Yo ya era grande.
El hombre nos pidió que cerráramos los ojos y nos relajáramos, y empezó una cuenta regresiva. Me propuse satisfacer el pedido. Entonces el hombre vino a buscarme y me llevó de la mano al escenario. Yo entreabría los ojos para no tropezarme con los escalones.
Primero me acomodó de espaldas al público, y entonces abrí los ojos y quise decirle con la mirada que no estaba hipnotizada. La mirada de él, impertérrita, no me decía nada. O acaso un movimiento hacia adelante de las cejas tupidas y las chispas de los ojos quisieron ponerme en vereda.
Acaso por los ocho hijos, decidí que el papelón fuera para mí. Toqué un rock con una guitarra imaginaria, bailé un lento con una gorda fingiendo creer que ella era un hombre deseado, gateé babeando cuando se me dijo que era un bebé. Me animaban las carcajadas del público.
No contento con eso, el artista anunció: Y ahora... ¡levitación! ¡Madre mía!, pensé, acá sí que no voy a poder colaborar.
El hombre quiso que me pusiera horizontal apoyada entre dos sillas: la nuca y apenas los hombros en la una, los tobillos en la otra. Más o menos pude, imitando mentalmente la voz de Tu Sam: ¡Tdura, tdura, tdura!, me decía a mí misma, y hacía un esfuerzo sobrehumano para no caerme (mis músculos estaban entrenados, practicaba atletismo en esa época). El hipnotizador invitó a dos voluntarios, que deberían levantarme apenas con las puntas de los dedos índices. Uno terminó agarrándome de los tobillos, el otro, clavándome los dedos en las axilas, y mi culo fue a dar fuerte en el tablado.
Igual, el público aplaudió a rabiar. Total, ¿qué puede importarle a quien no le importa un partido de Argentina?
El hombre, entre reverencias, me hizo una seña para que bajara del escenario. ¡Pero omitió despertarme!
Desde entonces, ando así por la vida, hipnotizada, de papelón en papelón.
2 comentarios:
Qué caso, Tuti...tus historias son una más atrapante que la otra!
Mucha magia, desenfado, profundidad como al paso...
Es que nadie nunca nos va a despertar?
¡Yo lo habría despertado a patadas, a usted, Lolo! Pero no se dejó. ¿Qué hace acá? ¿Quién lo entiende?
Yo sigo con el pendráiv que preparé para arreglarle la computadora en el trasero. Y bué... Gracias por sus comentarios.
Tuti