perro que no me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.

(Miguel Hernández)

jueves, 22 de mayo de 2008

¡Un ser humano diminuto más! (o menos)

A este asesinato lo puedo contar porque le compuse una canción apenas me desperté. ¡Cuántos más asesinatos de estos seres diminutos habré cometido! Pero por lo menos de uno más me acuerdo, siempre en el rubro sueños (ahora se dice etiqueta). No lo cuento acá porque, como dice Leo, "el pasado qué importa, total ya pasó, en todo caso te cuento si vuelve a pasar". ¡Bullshit! O siempre vuelve a pasar.

Volviendo. Nobleza obliga, la música de la canción mnemónica estaba compuesta ya, es un cantito de cancha, no sé si nació en la cancha o de dónde viene. Para que la reconozcas, te cuento que la letra habitual suele empezar con: "Mandarina, mandarina, mandarina, mandarina", y terminar con algo sobre las gallinas. Hay otras versiones. La mía dice: "Suelta leche en cacerola madrecita chiquitita/ pero yo no mido llama y la madre acaba frita."

Después del prolegómeno, poco más tengo para decir.

Sólo que cuando las madres no daban leche, una práctica común era calentarlas. Para que mi madrecita pudiera alimentar a sus hijos, la puse en una cacerola. Pero no le puse nada en el fondo, y puse la llama demasiado alta. Para cuando la madre comenzó a soltar la leche, ya empezaba a darme cuenta de que la había matado. Le pregunté a mi testigo, o al de ella, si la madrecita estaba muerta. Sin siquiera medirle el pulso, me dijo: "Seguro, mirá cómo se le doró la piel". Volqué a mi madrecita muerta y crocante en una bandeja. No para comer, para mirar de reojo un dolor del alma.