perro que no me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.

(Miguel Hernández)

jueves 29 de mayo de 2008

Vieytes

Pensando en invitar a mis amigos a conocer este blog, ya online y pelado todavía de lectores, a ver qué recojo, y buscando amigos con quienes ya perdí el contacto, para invitarlos también, pensé en Vieytes.

Lo busqué en internet, no lo encontré todavía (seguro que si lo busco en "la vida real" lo encuentro enseguida).

No lo encontré a él, pero, además de información sobre su novela Kelper (primera mención Premio Clarín de Novela, creo que 1999), que yo ya conocía (Raúl me había puesto en una lista a la que enviaba por mail los capítulos a medida que los terminaba, pero yo me resistía a leer, porque soy cabeza dura y estaba convencida de que Vieytes era un artista plástico, y recién la leí cuando él me dio el libro ya editado, y pucha, me gustó), además de esa información, digo, me encontré un excelente cuento suyo que nunca había visto (lo encontré en "Ñus léter"), y me dieron ganas de enlazarlo aquí:

"El economista", Raúl Vieytes (este enlace es un .doc).

miércoles 28 de mayo de 2008

El ángel

No creo en ángeles. Pero conocí a uno hace seis años.

Cuando el Osi estaba por morirse, pasé tres días y tres noches al lado de su cama en la clínica, acá en Buenos Aires. Que no se muere, que no se muere, decían los médicos, para tener excusa para hacerle y cobrarle estudios y estudios. Entonces yo, que les quería creer, decidí dejarlo con la madre e irme a mi casa en Gesell por un par de días, porque tenía que entregar un trabajo (unos chupitos de alfarería para una mujer que vendía licor artesanal en Mar de las Pampas). Le di un beso al Osi, le dije "vuelvo pasado mañana", nos miramos y después supe que supimos que no volveríamos a vernos.

Llegué a Gesell, dormí, y me llamó Miguel a la mañana: "Se murió el Osi".

Yo estaba acostumbrada a llamar al Osi cada vez que me sentía en el centro de la nada, y él me traía de vuelta al mundo, no porque fuera un tipo optimista, sino porque me quería. Pero... ¿adónde podía llamarlo ahora?

Sin pensar en lo que hacía, salí a la puerta, miré para arriba (todavía me acuerdo de la forma de la nube), y dije: "Por favor, manden a alguien".

A los cinco minutos cayó el ángel: Un hombre feo, de unos cincuenta años, sin dientes, en una motito oxidada, con un gorrito multicolor del altiplano, con orejeras y flecos.

Preguntó por Daniel (yo vivía con Daniel, pero justo Daniel estaba en Buenos Aires). Le dije que no estaba, me dijo que Daniel le había prometido hacerle unos dientes, me preguntó si yo también era protesista dental. "No, soy ceramista", le dije.

"¡Ay, cómo me gusta la cerámica!", dijo el tipo. No me acuerdo cómo fue que lo invité a pasar al taller. Miró mis cerámicas, me dijo que eran maravillosas, que yo era un "ser de luz", unas cuantas cosas de las que se le dicen a alguien para levantarle el ánimo. Yo no le había mostrado tristeza alguna, estaba demasiado ocupada apreciando lo bizarro del tipo. "Vos no sabés quién soy, pero lo intuís, por eso me abriste la puerta", me dijo. Era verdad, yo no supe hasta después de que se fue (lo eché) que él era el ángel.

Quién sabe por qué, me preguntó mi edad. "Treinta y siete", le dije. "¡Uh, tenés toda la vida por delante!", me dijo. Entoces le solté: "Mi amigo más querido tenía treinta y nueve y se murió esta mañana". El tipo me abrazó, yo lo abracé. Era justo lo que yo había pedido.

Después se sentó a mi mesa del taller y me contó que ya en el año 74 él le había dicho a Zulema en Brasil que a Carlitos Junior lo iban a matar. Y que unos viejitos le habían dado el secreto de la alquimia, pero que para convertir cualquier cosa en oro necesitaba un soplete, y le faltaban los veinte pesos para comprar el soplete. Y que una vez, en un paraje despoblado de la Patagonia, habiendo tomado nada más que una cajita de vino, se abalanzaron sobre él dos perros gigantes, él levantó los brazos y los perros se quedaron paralizados, con las mandíbulas abiertas a pocos milímetros de cada uno de sus brazos, y entonces miró hacia adelante, y dos tipos de sobretodo con cabeza de perro lo estaban mirando.

Yo le dije que me cerraba el almacén y tenía que ir a hacer las compras, y se fue.

Se lo conté a Daniel cuando volvió. "¿Ves? Ahí está Dios", me dijo. Si dios no existe, sólo el Osi habría podido elegir ese ángel para mí.

La última vez que estuve en Gesell, hace unos meses, me crucé con el ángel por la calle. Tenía una moto mejor, y dientes. Me saludó, pero seguí caminando porque no lo conocí. Me gritó "¿No saludás más?", entonces le reconocí la voz y me detuve. Me preguntó por Daniel, le dije que sólo sabía que acababa de ser padre de gemelos. El ángel emitió un discurso que no pude seguir de tan enmarañado, hablaba de semillas, del cultivo del tomate y la lechuga. Le conté que él había sido mi ángel.

Chocho se quedó, seguro que lo incorporó a su delirio.

martes 27 de mayo de 2008

Origen mítico del papelón

Una noche de hace tantos veranos que no me quiero acordar, yo estaba con amigos en Las Toninas. En algún lugar, jugaba la Selección Nacional de Fútbol. Mis amigos se acomodaron en un café para ver el partido. A mí no me interesa el fútbol, así que caminé hasta la placita de artesanos.
Dadas las circunstancias futboleras, me asombró la cantidad de espectadores alrededor de un escenario improvisado en la plaza. En el escenario, con un micrófono, se afanaba un hombre grande, el traje lustroso por el uso, el pelo semilargo teñido de negro empastado de gomina, la piel oscura de la cara transpirada, los zapatos viejos. Estaba diciendo que trabajaba de artista callejero para darles de comer a ocho hijos. Acto seguido anunció su mejor número: hipnosis.
Me senté en el suelo, en primera fila con los más chicos. Yo ya era grande.
El hombre nos pidió que cerráramos los ojos y nos relajáramos, y empezó una cuenta regresiva. Me propuse satisfacer el pedido. Entonces el hombre vino a buscarme y me llevó de la mano al escenario. Yo entreabría los ojos para no tropezarme con los escalones.
Primero me acomodó de espaldas al público, y entonces abrí los ojos y quise decirle con la mirada que no estaba hipnotizada. La mirada de él, impertérrita, no me decía nada. O acaso un movimiento hacia adelante de las cejas tupidas y las chispas de los ojos quisieron ponerme en vereda.
Acaso por los ocho hijos, decidí que el papelón fuera para mí. Toqué un rock con una guitarra imaginaria, bailé un lento con una gorda fingiendo creer que ella era un hombre deseado, gateé babeando cuando se me dijo que era un bebé. Me animaban las carcajadas del público.
No contento con eso, el artista anunció: Y ahora... ¡levitación! ¡Madre mía!, pensé, acá sí que no voy a poder colaborar.
El hombre quiso que me pusiera horizontal apoyada entre dos sillas: la nuca y apenas los hombros en la una, los tobillos en la otra. Más o menos pude, imitando mentalmente la voz de Tu Sam: ¡Tdura, tdura, tdura!, me decía a mí misma, y hacía un esfuerzo sobrehumano para no caerme (mis músculos estaban entrenados, practicaba atletismo en esa época). El hipnotizador invitó a dos voluntarios, que deberían levantarme apenas con las puntas de los dedos índices. Uno terminó agarrándome de los tobillos, el otro, clavándome los dedos en las axilas, y mi culo fue a dar fuerte en el tablado.
Igual, el público aplaudió a rabiar. Total, ¿qué puede importarle a quien no le importa un partido de Argentina?
El hombre, entre reverencias, me hizo una seña para que bajara del escenario. ¡Pero omitió despertarme!
Desde entonces, ando así por la vida, hipnotizada, de papelón en papelón.

lunes 26 de mayo de 2008

Derramamiento prematuro

Derramamiento prematuro. Es lo que me caga hasta ahora cada nueva relación, si de hombres se trata. ¿Cómo se cura?

Diagnósticos

Diagnósticos psiquiátricos

Los últimos (únicos) estudios psiquiátricos a los que me sometí concluyen: "trastorno bipolar (era por eso que en casa se escuchaba, de vez en cuando, "a la nena otra vez le dio mal el electro"), depresión (secundaria del TB), trastorno de ansiedad generalizada (TAG), rasgos de trastorno obsesivo compulsivo (TOC), fobia social."
Ahí fui a parar hace unos dos años. Habiéndome trepado a la baranda de un balcón de un octavo piso, y elegido el sitio en la vereda para estrellarme (había llamado a una amiga para que me viniera a rescatar de mi cama, ella me había llevado a su casa, y había salido a buscar a los chicos al colegio), decidí bajar por el ascensor e ir al psiquiatra, perdido por perdido. Gracias a eso, me clavo unas pastas todos los días que no me dejan deprimirme aunque quiera. Se me prescribió además terapia cognitiva y/o conductual, pero no hay manera de que acate semejante boludez.

Diagnósticos psicoanalíticos

No tengo. Poca experiencia, nunca en análisis. El último psicoanalista que consulté (no llegó a ser mi analista), interrogado, opinó: "No creo que seas una psicótica. Per sí creo que estás loca". Me ofreció "terapia", me dijo que no soñara con un análisis mientras no pudiera ir despojada del personaje que otros profesionales se habían creído y que él no se iba a creer. Me sugirió que me haría bien un amor. Quizás vuelva a verlo algún día.

Cedo a la tentación

Sea quien yo sea, acabo de decidir publicar este blog en el ciberéter a partir de hoy, qué tanta vuelta.

sábado 24 de mayo de 2008

Minicuento de Fá

Graciela Berta se duchaba tranquilamente cuando escuchó que el timbre sonaba con insistencia. Por la hora debía tratarse de algo importante, ya que ninguna pavada podía hacer que alguien se internara por las calles de su peligroso barrio a las tres de la madrugada. Soltó unas puteadas mientras cerraba la ducha y se envolvió las partes pudendas con una mínima toalla. Cruzó el living mojada y descalza. Preguntó quién era a través de la puerta cerrada. Solamente escuchó un zumbido. Volvió a preguntar, esta vez un poco asustada. Otra vez el zumbido como única respuesta. Fastidiada, abrió bruscamente la puerta con la intención de enfrentar al causante de las molestias. Fue ahí cuando un enjambre de luciérnagas se abalanzó sobre ella, electrocutándola.

De: "Breve catálogo de accidentes absurdos en la Argentina contemporánea", Sergio Fá, 199?

Una de esas frases maravillosas, citables, hasta que te das cuenta de que no sirven: "Hay que darse la importancia justa". La oí de mi queridísimo Fá. Hay que... ¿qué hay? ¿Cómo?

Otra cosa que
me dijo Fá: "Tenés que cultivar el desapego, Osi". (Él era el Osi y yo era la Osi.)

¡Qué fácil fue llegar a esta posición ¿nihilista?! ¡Y qué difícil salir! Y es culpa tuya que no pueda renunciar a salir. Tenía que compensar lo negro tuyo. Cuánto más optimista era yo en esa época, para compensar tu negrura, para sacudirme el elefante que tenía a cococho cuando me levantaba de la mesa de café en la que hablábamos. No renuncio, querido Fá, es demasiado daño para el alma y el cuerpo. Vos tampoco renunciaste. Te resignaste y te moriste, apegado a mí. Tanta ternura la tuya, Fá.

Fá fue mi amigo durante quince años. Nos presentó alguien que supuso que teníamos que conocernos. Primero creímos que íbamos a ser una pareja. Después fuimos mucho más: amigos, nada de pareja. Fue el ser más cercano que encontré en mi vida. Otros amigos creían que Fá estaba enamorado de mí. "Es que nadie podría entender nuestra relación", me decía Fá. Ni siquiera nosotros podíamos.

Guardo algunos aforism
os que oí de este filósofo pesimista radical. Los cito con su nombre, no sé si son todos de su invención, pero los oí de él, y merecen ser suyos:

"¿Hay vida antes de la muerte?" (fue lo primero
que me dijo en una llamada telefónica).

"El futuro no me importa, pero exijo un pasado mejor" (primero decía "
merezco" en lugar de "exijo", me lo cambió contra mi voluntad, pero me veo obligada a respetar su verbo, él ya estaba enfermo de muerte, y me dijo que lo que más le preocupaba era que si se lo citare post mortem, la cita no fuere literal.)

"Aquí estoy, templándome en el bañomaría del tedio.", fue la respuesta a un inocente "¿cómo estás?" de mi parte.

_¿Qué es lo que querés, Osi, de ese chabón _ me preguntó una vez.
_Y... Osi, al menos, que me dé masita...
_Osi... ya estás grande. Coger es una boludez. Vos te confundís porque el sexo tiene buena prensa.

(¿Alguien sabe dónde está la raya de diálogo en estos teclados modernos?)

"Guarda, Osi, que en cualquier momento te llega el palazo", me dijo varias veces. Nunca supe qué era el palazo. Para él resultó haber sido el cáncer, según dijo.

Fá se escudaba en un amor fallido de veinte años antes. Fabiana. Todavía soñaba con ella: Ella se subía a un micro, él le preguntaba adónde iba, ella le decía que iba a Salsipuedes.

Fá sufría de ataques de pánico hasta que se enteró de que estaban de moda. En el tren atestado de pasajeros, Fá iba a trabajar. Se ponía en cuclillas en el pasillo del tren, abrazado a su portafolios. El pánico, la amenaza de no ser: morir allí, y que todos esos extraños tuvieran acceso al contenido de su portafolios: diccionario de la RAE, diccionario de dudas e incorrecciones del idioma, diccionario de María Moliner, de sinónimos, de inglés... Trabajaba de corrector de pruebas. ¡Qué contenido más secreto el de su portafolios!

Donde más tiempo trabajó como corrector fue en la revista "Todo es Historia", del viejo Luna. Fá odiaba a Luna. Hasta se atrevía a negarle el préstamo del diario, "Cómprese el suyo", le respondía. Luna finalmente lo echó. Al mismo tiempo, Luna se deshizo de mí.

Fá me había conseguido el laburo de componer (digitalizar) los textos de los viejos carcamanes colaboradores de la revista que todavía tipiaban en máquinas de escribir con los tipos sucios. Como el corrector confiaba en la escasez de errores en mi composición, y en la natural corrección gramatical que me salía, los textos corrían en la pantalla de su pecé frente a ningunos ojos, porque Fá miraba el techo. Entonces, para molestarlo, inventé este juego: Cuando le entregaba una nota compuesta, le avisaba cuántas trampas le había puesto. Las trampas eran, por ejemplo: Intercalar en el texto algunas frases imitando el estilo del autor, diciendo cualquier verdura. Como el texto completo era una sarta de boludeces, Fá se volvía loco leyéndolo y releyéndolo para encontrar mis trampas. A veces las trampas eran más peligrosas. "Qué aburrido que escribe este viejo choto", ponía yo en la nota. Fá estaba muy enojado: "Osi, dejate de joder, un día se nos va a escapar una y cagamos, nos rajan a la mierda y nos hacen un agujero". No se nos escapó ninguna. Igual nos rajaron.

Fá hablaba, medio en joda, de sus biógrafos. Me gustaría, pero no creo poder conseguir material para ser su biógrafa. De todas maneras, vaya para él este pequeño post como homenaje escrito.

Mi amiga Ceci dice que el amor es una catástrofe. Y que no tiene ninguna importancia si un ser amado está vivo o muerto.

Te quiero, Osi. Te extraño.


"Busco pareja en internet", by Myself

¿Será que Myself está enfermo de anorexia? Se ve demasiado gordo, y me dicen que está demasiado flaco... "Autoestima baja", me diagnostican. "No, no, autoestima demasiado alta, demasiado", porfío.

Confieso, aunque no es ningún secreto, que soy habitué de carteleras de buscar pareja en internet. Y desde la época en que tal cosa se consideraba patética.

Lo mismo da, internet y el mundo lo mismo es, la cosa es que no aparece por ninguna parte mi roto.

En los clasificados que publico en internet, digo que ojalá que cuando aparezca todavía no esté muy hecho mierda. Me escriben muchos, incluyendo gerontes y chicos, para decirme que los hice reír y felicitarme.

Parece un chiste, lo puse medio en chiste, me encanta que se rían, pero no es un chiste. Está bien que no soy una pendeja, pero no me gustaría tener que ponerle de entrada el papagayo, al tipo. Y si está hecho mierda del alma o del bocho, ojalá no sea una limadura irreversible. Si eso es lo que nos toca por haber andado boludeando, me la bancaré, sólo digo que ojalá que no.

En esas carteleras suelo definirme como "un poblado de tutifruti". No sé si significa algo para alguien más que para mí. Por si hay aquí alguno de mis ciberconocidos que haya derivado, trato de aclarar: me refiero a lo heterogéneo que percibo que me puebla. Que es un poblado tan desordenado ahora...

En alguna de esas carteleras me bocharon el "perfil", tanto con la palabra mierda como sin ella.

Últimamente me agoto perdida en esa muchedumbre de fichitas. Está quien se describe diciendo que no le gusta describirse, que prefiere que lo descubra una. Si me dedico a descubrir a todos los que me sugieren que los descubra sin más datos, no me alcanza la vida. ¡Pónganse las pilas! O empiezan diciendo "soy una persona..." ¡se descuenta que sos una persona! (ni hablar de que después sigue el adjetivo "normal") ¿Y qué quiere decir "vivo la vida"? ¿Y "me gusta vivir la vida"? "Me gusta la naturaleza": en este caso podría hacer una excepción con algún biólogo, o algo así...

Un par de veces me topé con fichiitas de señores que querían encontrar una mujer que fuera "ella misma". Por una parte, ¿qué otra te queda que ser vos misma? Por otra parte, ¿cómo hacés para ser una, y la misma?

Tengo un par de anécdotas de ciberrelaciones, algún día narraré alguna aquí.

viernes 23 de mayo de 2008

Tour por Uruguay

Qué tipo, mi maestro de alfarería. Despierta me dice: "hacé cerámica, hacé cerámica, hacé cerámica", como si fuera la panacea. Y anoche, dormida, me tomó un test de cociente intelectual.

Estábamos en un tour por Uruguay. El test era obligatorio, y éramos varios en la fila. Cuando me tocó a mí, me alcanzaron el teclado desde donde debía completar el test. El teclado ni teclas tenía, y estaba protegido con una bolsa de nylon, ¡llena de basura! Vacié la basura en el suelo: muchas hebras de tabaco, tickets de Banelco, boletos de colectivo, clips (no videoclips: ganchitos para papeles). Con esa limpieza terminó el test. No sé qué puntaje obtuve.

Después nos llevaban de vuelta a Buenos Aires en micro. Los demás turistas iban bajando en esquinas, hasta que sólo yo quedaba en el micro, porque mi casa era más lejos. ¡Qué papelón! En cada esquina el chofer cambiaba el vehículo por uno más chico, para no gastar tanto combustible por un solo pasajero. Cuando faltaba una cuadra, ya íbamos en un fitito.

¡Expres Yourself!

"Una vez salió de ella, como un estornudo, un grito de pasión: ¡Vivir! Y la Vida, una reina extranjera abriendo una puerta a la medianoche, le respondió ¡Pensar! Vivir es pensar. ¡Hasta los pájaros bombardeados por el viento lo sabían! ¡Vivir es pensar!" (César Aira, La mendiga.)

Una tarde, debajo de un olivo amado que quizás próximamente se demuela, en una tumbona, una nena de unos nueve años hamacaba las piernas con nerviosismo y se miraba sin verlas las rodillas regadas de moretones merecidos trepando árboles. Mientras, pensaba, la muy boluda.

Precedieron a los sollozos unas lágrimas en silencio, y precedieron los sollozos a un llanto abierto, inconsolable, incontrolable. ¿Qué diablos se le había ocurrido por pensar? No me acuerdo cómo había llegado hasta ahí, pero me había dado cuenta de que nunca sería famosa. De ahí la angustia. ¿Eh? Sí, sí, ya sabemos que ser famoso es ser re-conocido, ¿sería eso?

Ahora, a los 43, asomada a esta Madamme Medusa que es la Internet, el ¡Expres Yourself! tan al alcance de tantos, de la nena también, la nena sigue pensando.

La pregunta es: ¿a quién le importa? Y, sobre todo, además de un negocio millonario, ¿quién carajo es Yourself?

¡Un psicoanalista o el amor aquí!

Un antídoto formulado con el mismísimo veneno. O el amor que me fuera prescripto.

"Esa esperanza última, pequeñísima, casi desvanecida, esa esperanza que, en realidad, ni existe, es, con todo eso, su única esperanza." (Franz Kafka, El Castillo.)

jueves 22 de mayo de 2008

Entrada de prueba por correo electrónico

Doctor Freud, dígame usted a quién le pago el envío de esos quevedos del orto.

¡Un ser humano diminuto más! (o menos)

A este asesinato lo puedo contar porque le compuse una canción apenas me desperté. ¡Cuántos más asesinatos de estos seres diminutos habré cometido! Pero por lo menos de uno más me acuerdo, siempre en el rubro sueños (ahora se dice etiqueta). No lo cuento acá porque, como dice Leo, "el pasado qué importa, total ya pasó, en todo caso te cuento si vuelve a pasar". ¡Bullshit! O siempre vuelve a pasar.

Volviendo. Nobleza obliga, la música de la canción mnemónica estaba compuesta ya, es un cantito de cancha, no sé si nació en la cancha o de dónde viene. Para que la reconozcas, te cuento que la letra habitual suele empezar con: "Mandarina, mandarina, mandarina, mandarina", y terminar con algo sobre las gallinas. Hay otras versiones. La mía dice: "Suelta leche en cacerola madrecita chiquitita/ pero yo no mido llama y la madre acaba frita."

Después del prolegómeno, poco más tengo para decir.

Sólo que cuando las madres no daban leche, una práctica común era calentarlas. Para que mi madrecita pudiera alimentar a sus hijos, la puse en una cacerola. Pero no le puse nada en el fondo, y puse la llama demasiado alta. Para cuando la madre comenzó a soltar la leche, ya empezaba a darme cuenta de que la había matado. Le pregunté a mi testigo, o al de ella, si la madrecita estaba muerta. Sin siquiera medirle el pulso, me dijo: "Seguro, mirá cómo se le doró la piel". Volqué a mi madrecita muerta y crocante en una bandeja. No para comer, para mirar de reojo un dolor del alma.

lunes 5 de mayo de 2008

Anoche estuve en Europa

Sólo hacia el final de esta historia, o de la noticia que tuve de esta historia, caí en la cuenta de que estábamos en Europa.

Era en casa de un boliviano de anteojos. Nuestro grupo la había copado. Parece que al principio había sido invitación suya. Pero, ya avanzada la madrugada, yo, que me había quedado leyendo en el comedor, salí al patio y lo encontré enojado. Apoyaba la espalda en una pared, y estaba tan sentado en el suelo, que se había achicado mucho y la cabeza le quedaba grande. Levantó la vista por encima de los anteojos, y me dijo que lo que estaba pasando ya pasaba de castaño oscuro. Mis compañeras estaban en las habitaciones superiores de la casa, que incluían el dormitorio del boliviano. El boliviano no había podido irse a dormir. Quién sabe qué hacían allá arriba, pero no estaban durmiendo.

Al amanecer, nos fuimos. Mucho trabajo me daba que me tomaran en cuenta para organizar el viaje, para compartir taxis. Pararon uno y subieron dos chicas. Corrí para alcanzarlo, pero no pude. Menos mal, porque ese taxi iba a algún lugar de Europa (ahí me di cuenta de que estábamos en Europa). Lo que yo tenía que hacer era sumarme al grupo que iba a Buenos Aires. ¿Cómo costearme el viaje sin compartirlo? Las chicas que iban a Buenos Aires seguían deliberando, sin verme.

Finalmente, la camioneta que iba a Buenos Aires llegó. El chofer les dijo a las chicas que se acomodaran atrás como pudieran. No tenia cúpula la camioneta. Yo trataba de treparme. El chofer gritaba desde la cabina. Ya sabía los nombres de las pasajeras, y era esa lista lo que estaba gritando, pero no me nombraba. Casi había conseguido treparme, estaba por gritarle mi nombre. Entonces alguien se dio cuenta de que faltaba la más chiquita.

Tres nombres tenía la más chiquita, pero no me acuerdo de ninguno. Salí a buscarla. Encontré al boliviano en una parada, esperando al colectivo para ir a trabajar. Le avisé que entraría de nuevo a su casa para buscar a alguien que habíamos perdido. Me miró con mala cara, pero yo seguí y busqué a la chiquita por todos lados, llamándola por uno de los nombres que sigo sin recordar. La encontré debajo de una estantería, en el galpón.

Salí a la calle con la chiquita en la mano. No sé si llegamos a alcanzar la camioneta. No sé si volví a Buenos Aires o estoy todavía en Europa con la chiquita en la mano.