No creo en ángeles. Pero conocí a uno hace seis años.
Cuando el Osi estaba por morirse, pasé tres días y tres noches al lado de su cama en la clínica, acá en Buenos Aires. Que no se muere, que no se muere, decían los médicos, para tener excusa para hacerle y cobrarle estudios y estudios. Entonces yo, que les quería creer, decidí dejarlo con la madre e irme a mi casa en Gesell por un par de días, porque tenía que entregar un trabajo (unos chupitos de alfarería para una mujer que vendía licor artesanal en Mar de las Pampas). Le di un beso al Osi, le dije "vuelvo pasado mañana", nos miramos y después supe que supimos que no volveríamos a vernos.
Llegué a Gesell, dormí, y me llamó Miguel a la mañana: "Se murió el Osi".
Yo estaba acostumbrada a llamar al Osi cada vez que me sentía en el centro de la nada, y él me traía de vuelta al mundo, no porque fuera un tipo optimista, sino porque me quería. Pero... ¿adónde podía llamarlo ahora?
Sin pensar en lo que hacía, salí a la puerta, miré para arriba (todavía me acuerdo de la forma de la nube), y dije: "Por favor, manden a alguien".
A los cinco minutos cayó el ángel: Un hombre feo, de unos cincuenta años, sin dientes, en una motito oxidada, con un gorrito multicolor del altiplano, con orejeras y flecos.
Preguntó por Daniel (yo vivía con Daniel, pero justo Daniel estaba en Buenos Aires). Le dije que no estaba, me dijo que Daniel le había prometido hacerle unos dientes, me preguntó si yo también era protesista dental. "No, soy ceramista", le dije.
"¡Ay, cómo me gusta la cerámica!", dijo el tipo. No me acuerdo cómo fue que lo invité a pasar al taller. Miró mis cerámicas, me dijo que eran maravillosas, que yo era un "ser de luz", unas cuantas cosas de las que se le dicen a alguien para levantarle el ánimo. Yo no le había mostrado tristeza alguna, estaba demasiado ocupada apreciando lo bizarro del tipo. "Vos no sabés quién soy, pero lo intuís, por eso me abriste la puerta", me dijo. Era verdad, yo no supe hasta después de que se fue (lo eché) que él era el ángel.
Quién sabe por qué, me preguntó mi edad. "Treinta y siete", le dije. "¡Uh, tenés toda la vida por delante!", me dijo. Entoces le solté: "Mi amigo más querido tenía treinta y nueve y se murió esta mañana". El tipo me abrazó, yo lo abracé. Era justo lo que yo había pedido.
Después se sentó a mi mesa del taller y me contó que ya en el año 74 él le había dicho a Zulema en Brasil que a Carlitos Junior lo iban a matar. Y que unos viejitos le habían dado el secreto de la alquimia, pero que para convertir cualquier cosa en oro necesitaba un soplete, y le faltaban los veinte pesos para comprar el soplete. Y que una vez, en un paraje despoblado de la Patagonia, habiendo tomado nada más que una cajita de vino, se abalanzaron sobre él dos perros gigantes, él levantó los brazos y los perros se quedaron paralizados, con las mandíbulas abiertas a pocos milímetros de cada uno de sus brazos, y entonces miró hacia adelante, y dos tipos de sobretodo con cabeza de perro lo estaban mirando.
Yo le dije que me cerraba el almacén y tenía que ir a hacer las compras, y se fue.
Se lo conté a Daniel cuando volvió. "¿Ves? Ahí está Dios", me dijo. Si dios no existe, sólo el Osi habría podido elegir ese ángel para mí.
La última vez que estuve en Gesell, hace unos meses, me crucé con el ángel por la calle. Tenía una moto mejor, y dientes. Me saludó, pero seguí caminando porque no lo conocí. Me gritó "¿No saludás más?", entonces le reconocí la voz y me detuve. Me preguntó por Daniel, le dije que sólo sabía que acababa de ser padre de gemelos. El ángel emitió un discurso que no pude seguir de tan enmarañado, hablaba de semillas, del cultivo del tomate y la lechuga. Le conté que él había sido mi ángel.
Chocho se quedó, seguro que lo incorporó a su delirio.